Sintaxis

Esta mañana me he despertado con una idea clara, es lo primero que he pensado de manera consciente: lo que yo quiero escribir es un cuento.  A lo mejor para dar cabida a todo el material que estoy manejando necesito más de uno, tal vez tres o cuatro. Pero no puedo seguir atascada en este proceso en el que llevo varios meses desde que pensé en escribir algo más largo, alentada por algunos amigos que me dicen que siempre se quedan con ganas de saber algo más sobre los personajes de mis cuentos, o cómo se acaba por resolver tal o cual suceso, en fin, lo de los finales abiertos.

La verdad es que siento una pereza paralizante cada vez que retomo la idea de construir un texto más largo —una novela, parece que me dé miedo hasta nombrarlo—. Me produce vértigo la idea de montar un andamio, calcular proporciones, materiales. Ni si quiera sé si soy capaz de algo así en este momento, porque además esa manera de proceder es muy contraria a lo que con frecuencia me pasa cuando escribo cuentos. Empiezo con una frase, una imagen, un personaje que me cautiva por lo que sea pero que no sé dónde me va a llevar. Entonces tiro y tiro y tiro y al final a veces llego a lugares que me interesan, que me hablan del mundo o de mí, o de algo en lo que nunca me había fijado. Lugares a los que no pretendía llegar, simplemente porque los desconocía de antemano, pero fíjate, allí estaban, probablemente esperándonos, catapultados por fajos de exámenes por corregir u otras tareas de las que dar cuenta.

El jueves pasado estuve hablando con mi amiga Andrea sobre Llegó exhausta, un cuento que le pasé al que ahora prefiero llamar Sintaxis, porque esta disciplina hace referencia al estudio de las relaciones que establecen las palabras dentro de la oración y el cuento piensa en las relaciones que establecemos los unos con los otros dentro del propio transcurrir de los días. El devenir, la vida. Además, el título anterior era un juego de palabras condenado al fracaso, un chiste que necesita explicación —un mal chiste, por tanto—. La profesora y madre, madre y profesora, mujer, madre y profesora, mujer, madre, profesora y potencial amante que protagoniza el cuento, acaba la agotadora jornada concluyendo que tendrá que explicar a sus alumnos de nuevo el complemento predicativo. Ésta es una función sintáctica que entraña cierta complejidad, a medio camino entre el complemento circunstancial de modo y el atributo, por resumir el asunto, concuerda en género y número con el sujeto de la oración o con el complemento directo. Por eso lo titulé Llegó exhausta, porque es como llega la pobre mujer al final del día y porque exhausta desempeña la función de predicativo en la construcción de la que forma parte: (Ella) llegó exhausta. Creo que la broma solo me hacía gracia a mí, aunque a casi todos los amigos con los que comenté el cuento les pareció un buen título. Sin embargo, en este momento valoro más que el texto se entienda a resultar original.

En la época de Shakespeare y de Cervantes, ser original no era un valor literario de primer orden. Me refiero a que nada importó que la historia de Romeo y Julieta hubiera sido mil veces contada con otros nombres o que Rinconete y Cortadillo tuvieran numerosos compadres de semejante calado circulando por las callejuelas de cuentos anteriores. Importaban más otros asuntos, la forma en la que se hacía llegar la historia, la capacidad para contarla de un modo nuevo, bajo un prisma inusual o con un lenguaje y un uso de éste que conformara un idioma nuevo. ¡Ahí es nada! Pienso en esto mientras me tomo un tiempo, a ver si en un segundo plano del pensamiento se me aparece un título realmente bueno.

El caso es que, en ese cuento, de solo tres páginas, se cuenta una vida entera o al menos una parte importante de la vida de unas personas: está la madre soltera, que tiene que tirar de un carro muy pesado ella sola, aunque con devoción, sí, pero cómo pesa; está su hijo que permanece muy atento a cuanto le rodea e incluso a las presencias que brillan por su ausencia; está el holandés, su manera tan específica de pertenecer a una élite, con su buen gusto para casi todo y esa forma de criar a sus hijos como si fueran a heredar el planeta. Hay cierto desprecio por la vulgaridad en su elegancia que resulta cruel. Por otra parte, de qué vive este señor, cómo obtiene el dinero con el que compra zapatos fabricados por una tribu aborigen americana que cuestan más de doscientos pavos más gastos de envío; está, también, esa cosa de que te vean como a una madre todo el tiempo y que más allá del rol no exista nada, incluso años después de aparcar el sacaleches; están las maneras de educar, los límites que ponemos en cada casa o las casas donde no se ponen límites; están las expectativas de una mujer de más de cuarenta que quisiera tener una relación, pero cómo, pero cuándo, pero con quién.

Encuentro en el territorio del cuento una libertad que me da vértigo y me produce atracción a la vez.  Ya sé que la novela admite toda clase de experimentos por lo que respecta a la estructura, pero requiere de un trabajo previo de planificación para el que no me siento motivada. Tal vez porque ya hay orden y planificación de sobra en otras esferas: planifico y programo mis clases, organizo la casa, las comidas, las cenas, hago listas de la compra, listas de tareas, check, check, check. Pienso en un mapa conceptual, en un índice o en una escaleta y se me llena la cabeza de emoticonos supurantes. Ojalá pudiera contar con alguien que se encargara de esos aspectos, tal vez apasionantes para un editor: esta parte cojea, a este personaje le falta poso… No sé, recurre a la analepsis y explica qué pasó el día que… O por qué ha tomado la decisión de subir esa montaña. No me queda claro… ¿Eso existe? ¿Hay gente que se dedica a poner cada pieza en su lugar? Yo estaría encantada de entregar mis piezas para que alguien, que tenga en la cabeza ideas parecidas a las mías, pero habilidades distintas, se encargara de trabajar con ellas. Mientras tanto, como decía al principio, veo más viable la idea de los cuentos, tal vez una serie de cuentos enlazados.

Para terminar esta anotación alrededor de una visión muy clara que he tenido al despertar, una epifanía casi, voy a transcribir un cuento de Javier Tomeo que me ha venido a la mente y que lo explica todo. Se titula El autobús, si no recuerdo mal.

(Recordaba mal)

Un viaje imprevisto

Las siete de la mañana. Subo al autobús urbano que debe llevarme al Parque Acuático, al otro lado de la ciudad. Me siento cerca del conductor y advierto que soy el único viajero.

“Aquí pasa algo raro”, pienso.

Al principio todo parece normal. El conductor respeta las paradas. Se detiene ante las marquesinas y durante un momento mantiene las puertas abiertas, pero no sube nadie.

Humillado por la indiferencia de la gente, el conductor decide pasar de largo. No hay mucho tráfico y poco a poco aumenta la velocidad. Da la vuelta alrededor de la plaza de M. y en lugar de seguir por la calle de M., elige la calle de Z., que conduce al otro lado de la ciudad.

– ¿A dónde me lleva usted? -le pregunto.

– Puede que ni yo mismo lo sepa – me contesta.

Le recrimino que no respete los semáforos y el hombre me recuerda que está prohibido hablar con el conductor. A partir de ese instante, por lo tanto, me resigno a mi suerte y decido mantener la boca cerrada. Que en este autobús haya, por lo menos, alguien que cumpla las ordenanzas municipales.

*

Y bueno, pues eso, que a veces el cuento acaba cuando todo está a punto de empezar. O al revés, para cuando llega al narrador ya acabó todo, como le sucedió a Monterroso con su dinosaurio. En esa inestabilidad desde la que se juega el cuento es en la que elijo quedarme. De momento

3 Comentarios

  1. Me ha encantado leer tu post que me ha hecho pensar en porqué escribimos o dejamos de hacerlo; cómo nos autorizamos a lanzarlo hacia fuera; qué es lo que necesitamos escribir y lo que nos resulta más fácil o complicado; qué es lo que nos hace bien escribir o lo que sentimos que hacemos bien al escribir…
    Así que ojalá leer más cuentos, escritos, reflexiones en este blog pronto.
    Un beso muy grande 😘

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    1. ¡Gracias, Flor! Me encanta todo lo que añades al respecto. Estas ideas que comparto muchas veces se quedan en pensamientos sueltos, ideas que surgen durante una caminata o mientras no escribo lo que quiero escribir… Así que a veces lo que hago es precisamente eso, escribir sobre el hecho de escribir, sobre las razones de hacerlo o no. Y de vez en cuando hasta lo comparto, a ver si entre todas hacemos que las ideas florezcan. Mil gracias por estar ahí. Nos leemos.

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