Cosas

[Enero 2023. Sobre la escritura, los miedos, las heridas y los anhelos]

Qué pasaría si un día me pusiera a escribir sobre mis miedos, heridas y anhelos. Sobre el agujero negro en el que me convierto cuando el reverso tenebroso de la realidad puede más que cualquier ficción y ya no soy yo la que controla, sino ellos.

Cada día hago grandes esfuerzos por acallar la voz que me atormenta desde las horas del intermedio del sueño (sobre las tres de la madrugada) hasta el momento en que pongo los pies en el suelo para empezar el día. Luego me asalta cada vez que mis quehaceres me brindan un hueco, pero yo la espanto con disciplina: cocino escuchando un podcast, me dirijo a la escuela con la música que encaja con el estado de ánimo al que aspiro, escribo sobre lo que leo en mis cuadernos, en las redes sociales, en los chats de lecturas compartidas. Recojo al pequeño y atiendo sus requerimientos, hoy tenemos dentista, mamá, necesito unas gafas nuevas, pues a mí se me han roto las zapatillas, ¡pero si no tienen ni dos meses! Mientras, la orquesta que acompaña a la voz rasga cuerdas, golpea membranas, sopla contra la sordina encontrando invariablemente una rendija por la que escapar. Por eso sé que no debo parar, porque tengo que hacer más ruido que ella.

Vivir una vida de alma para fuera y otra de alma de para dentro es agotador. Si soy mínimamente inteligente debo acabar de verdad con este ruido. Por suerte a veces las mismas cosas que nos distraen de la verdad pueden ayudarnos a resolver un conflicto: hay que andar con mucho ojo para ser humana. Leí un cuento que me hizo pensar en posibles soluciones para mi desajuste. En la fábula, pues realmente es de lo que se trata, un texto con su moraleja (exenta de moral, eso sí, pues su enseñanza no responde a ningún tipo de código ético), se plantea como única posibilidad para resolver el conflicto que me acecha asumir la situación tal y como se presenta.

A priori puede parecer una solución conformista, no voy a negar que en una primera lectura de Dónde están mis monedas, así es como se llama el cuento, los calores del infierno subían para lamerme los tobillos mientras leía que la única salida es aceptar que no hay otra solución que asumir las cosas tal y como son. Parece un acertijo o peor: una broma de mal gusto.

Pero, y si en vez de una confesión o una declaración de intenciones, como tantas otras de las que hay en mis cuadernos, escribo un cuento. Un relato que hable del momento por el que estoy pasando yo y no mi compañera de trabajo, veinte años más joven que yo, esa que de repente se ha dado cuenta de que en esta ciudad no hay nada que hacer más allá del paddle surf o las excursiones por la montaña de los domingos (durante las cuales lo más probable es que jamás conozca a un hombre interesante con el que fundar un proyecto de vida porque los hombres interesantes de veintitantos no se apuntan a ningún centro excursionista y además ya tienen pareja o están interesados en el otro sexo); o el de una joven madre que redescubre la pasión, o lo que quiera que sea eso que siente cuando habla con un hombre inverosímil que se ha cruzado en su vida de la manera más rocambolesca; o el de la adolescente que se busca y se pierde cada vez un poco más durante una estancia Erasmus en una ciudad mediterránea de Europa; o el de la mujer madura casada con un hombre diez años más joven que ella que descubre que está embarazada a los cinco meses de gestación y no sabe qué hacer con su vida; o el de la mujer de más de cuarenta que un día tiene un sueño en el que ella no es ella, sino otra que le ayuda a comprender que hasta ahora ha vivido engañada pensando que ella era otra, pero al despertar, resulta que ella sí que es ella, aunque le da tanta pena aceptar que no es la del sueño que la de verdad le resulta completamente insuficiente, de modo que llega a la conclusión de que tiene que dejarlo todo y empezar de nuevo.

Puede que todas ellas tengan algo de mí. Fragmentos de un diálogo interior un tanto confuso: un anhelo por aquí, una pesadilla por allá. Deseos. O recuerdos plasmados según cierta técnica literaria que deforma, amplía, difumina. Maniobras orquestales en la oscuridad. Ejercicios de escritura. Un poco de cada cosa.

Annie Ernaux, de la que hasta hace poco no sabía nada (puede que sea para esto para lo que sirven los premios literarios), se dio cuenta un buen día de que no le interesaba seguir inventando historias. Desde ese momento se dedicó a escribir sobre su vida. Una vida bastante corriente, sin giros espectaculares, pero llena de pequeños acontecimientos cargados de sustancia a la luz de una buena reflexión (la vida, en cualquier caso, siempre es pequeña, a pesar de quienes piensan lo contrario en virtud de un espejismo vanidoso). Un aborto a temprana edad, abusos sexuales, un enamoramiento acérrimo, el descubrimiento de aquella terrible verdad. La familia.

No creo que cuando un escritor decide contar su vida, o mejor, hacer literatura a partir de su experiencia propia, lo haga porque considere que su devenir comporta un grado de interés a la altura de los ejemplares que vayan a distribuirse y finalmente a ser leídos. Creo que esta tendencia está más próxima a la búsqueda personal y el cuidado de sí que al exhibicionismo, en contra de lo que he leído en varios artículos de prensa en los últimos tiempos. Pienso también en Knausgard, en De Vigan o en Nothomb, epítomes de la autoficción contemporánea, pero también en Moore, Berlin o Bolaño y percibo una necesidad de encuentro más allá de la propia sombra. A través del humor, de la intriga o de la poesía se buscan con desespero y donde se hallan se produce el encuentro, no siempre pasa, con el lector. Es el triunfo de la búsqueda de un interlocutor, en otro caso, sin texto, sin lector, sin la publicación que facilita el encuentro, esas palabras hubieran quedado sin ser dichas ni escuchadas y a pesar de ello, el mundo habría seguido girando. Pero, de qué manera, si somos lo que hacemos con lo que nos pasa.

Todavía no me atrevo a hablar de mitología o de textos fundacionales, estoy muy en mantillas al respecto y si hablo es solo de oído, con poco conocimiento de causa. Pero leyendo un librito sobre mitología explicada a los niños que me prestó un amigo para preparar unas clases de Literatura Universal, aprendí que los antiguos contaban aquellas historias, esto es, los mitos, para tratar de comprender el mundo y sus devenires. Los dioses y las diosas conformaban un elenco de arquetipos capaces de protagonizar escenas que ayudaban a desentrañar los mecanismos de fenómenos complejos como una tormenta, la erupción del volcán, el hundimiento de un barco, un terremoto, la llegada de la primavera, pero también la ira, la venganza, el enamoramiento, la derrota, la pérdida, el fracaso, el miedo, la angustia, la espera, el resurgimiento, la victoria, el júbilo, el amor, el odio, la reconciliación, el perdón, la razón de la sinrazón y todo eso.

Quienes inventaron estos cuentos debieron fijarse en aquellos que más a mano tenían: padres, hermanos, vecinos, amantes, conciudadanos; y en las cosas que les sucedían a diario. Pero no en todas, claro, sino más bien en aquellas que dolían, angustiaban, consternaban, aplacaban, deleitaban o satisfacían las almas de quienes las protagonizaban o se veían involucrados en los hechos. Creo que todos los mitos versan sobre situaciones que no tienen una explicación evidente o que al menos pueden ser vistas e interpretadas desde más de una perspectiva. Además todos los mitos aplican a otras situaciones parecidas, de rasgos semejantes. Todas las Penélopes de este mundo pueden reconocerse en la angustia y la esperanza que se teje durante la espera.

Desde el desamparo de la chica del 58 en Memoria de chica hasta la indecisión frente a la posibilidad de comprar la mayonesa en tubo o en bote de Un hombre enamorado hay una infinidad de emociones que pueden ser narradas después de haberlas vivido y que serán decodificadas por quienes las lean y sean capaces de reconocerse en ellas, bien porque también sufrieron desamparo o naufragaron en el mar de la incesante duda, o porque son capaces de tocar el alma de quienes se lo están contando. No es que quienes detestan este género narrativo carezcan de sensibilidad alguna, simplemente tal vez comulguen con otras formas de descifrar el alma humana. O de pasar el tiempo, que hay quien lee con tal propósito y me parece igual de verdadero.

El motivo que me lleva ahora a querer escribir sobre estas cosas mías es un deseo de comprensión. Quiero entender lo que me pasa para ver si así desato el nudo. También para evitar los pensamientos irracionales, que parecen una contradicción en sus términos, pero en realidad son una putada. Si fuera un proyecto podría llamarse La cura. Es un buen título que me asusta a priori porque parece estar demasiado centrado en los resultados cuando aún ni siquiera he puesto la primera letra. De momento voy a enfocar la escritura en tres capítulos de mi infancia, juventud y madurez. Si veo que el resultado tiene algún sentido lo mostraré para que hagan con ello lo que deseen quienes decidan leerlos. Quién sabe si hay alguien que pueda reconocerse en mis palabras, tal vez quienes se encuentren en un proceso de búsqueda parecido al mío. O diferente, pero buscando al fin y al cabo.

Un día iba caminando por la orilla del mar recogiendo algunas piedras y me encontré una de esas bolsas con cierre hermético bastante deteriorada que contenía un pequeño objeto. La cogí y la abrí con el corazón palpitando en la garganta. Sentía una curiosidad irrefrenable pero también me daba miedo: ¿Y si era un pulgar o alguna otra parte del cuerpo de alguien que había sido atacado? Pero no, dentro de la bolsa había un mechero que aparentaba ser de oro en el que alguien había grabado la siguiente inscripción: Siempre estaré contigo. El nombre de una mujer y una fecha. No pude pensar en otra cosa durante mucho tiempo.

Para terminar quiero hacer una pequeña aclaración que me produce cierto pudor por lo que deja al descubierto, ya que en este texto he escrito hasta cinco veces la palabra cosa sin contar el último párrafo, pero creo que tiene un sentido. Siempre les digo a mis alumnos que traten de evitar las palabras baúl en sus escritos. A qué quieres referirte, suelo preguntarles. Quieres hablar de una emoción, de una acción concreta, de una situación determinada… Seguro que hay una palabra para nombrar esa cosa y puedo ayudarte a encontrarla. Entonces me abandono al placer espeleológico de la precisión léxica, binomio que me pone los pelos de punta de la emoción. ¿Sabes cuando quieres nombrar algo muy específico (una sensación, por ejemplo) y encuentras la palabra exacta? Puf, yo es ponerme a buscar y empezar a salivar, como con los pepinillos en vinagre de la tía Isidora cuando nos poníamos en camino hacia su casa nada más llegar al pueblo.

En fin, ahora tendré que ponerme a escribir, digo yo.

Ilustración: Estudio de un personaje de Ana Collado para Cuento de Navidad.

2 Comentarios

    1. Muchas gracias por tu lectura, Víctor. Sigo avanzando con la escritura, pero tengo la sensación de que se trata de un texto que no voy a mostrar. Tiene sentido escribirlo para mí, porque necesito hacerlo, pero no sé hasta qué punto pueda aportarle algo a alguien más. En cualquier caso eso es lo menos importante. Gracias por tu aliento. Un abrazo mediterráneo.

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