Sentido

[Septiembre 2023. Sobre la necesidad de escribir y equivocarse]

Escucho a dos jóvenes escritoras de éxito que hablan sobre sus métodos de escritura. Presto mucha atención, como siempre cuando intuyo que puedo aprender algo. Esto me puede iluminar, le digo a mis piernas mientras caminan, porque en la imposibilidad de encontrar el momento para escribir he salido a hacer unos recados. ¡Pero escuchar un diálogo radiofónico no es escribir! Como el niño optimista del chiste, me pregunto ante la caja llena de mierda dónde habrán escondido el caballo.

Una de ellas dice levantarse a escribir muy temprano, cuando hay más silencio y la ciudad aún duerme. La ausencia de ruido, incluso la sutilidad de los primeros movimientos le ayudan a entrar en materia. La otra pronto en la mañana, pero no tanto, más bien horario de funcionaria; las dos se ríen alborotadas, la palabra funcionaria les hace mucha gracia o les produce nerviosismo. El tamaño de letra acostumbrado, el interlineado, la longitud de los textos. La ficción. Todo es ficción. La crónica literaria como entelequia, mejor la falsa crónica, el manuscrito hallado en una botella, la supuesta investigación iniciada y abandonada por un pobre diablo, acaso un sabio. La literatura como juego, la honestidad, ¿pero es que eso existe? Sin duda, una charla interesante. Por momentos parecía la representación de una partida de ajedrez en la que pudieran irse inventando las normas. No hay orquesta. ¡No hay orquesta! Aunque sabemos (y ellas también) que nada más lejos de la realidad.

Una de ellas tiene serias dificultades para expresarse, da la sensación de estar traduciendo simultáneamente sus propios pensamientos con las complicaciones propias del directo y la viscosidad intrínseca a la temática. En ocasiones topa con una de esas expresiones que no se pueden arrancar del idioma que las ha engendrado. Luego busca la hebra y sigue tirando de ella como quien escapa de un laberinto o al menos lo intenta. La otra es todo preguntas, la duda sistémica en albornoz. Se hace preguntas que formula con sorpresa, como si vinieran en una cápsula de plástico encerradas dentro de un huevo de chocolate alojado en algún lugar recóndito de su organismo. Me siento identificada con las dos e imagino a algunos señores, escritores contemporáneos, frotándose las patitas ante tanta indeterminación. Pero no hay nada estúpido en dudar, el camino de la palabra está lleno de precipicios. No estar segura, probar a decir para ver si es que acaba teniendo sentido, qué problema puede haber en esto. Lo hacen los niños a toda hora y ya se sabe que son verdaderos maestros en el arte de la indagación y el alumbramiento.

Yo no tengo método, ni fórmulas, ni manías, ni ritmo, ni tiempos. Por tener, no tengo ni un lugar fijo en el que escribir. Lo hago donde me pilla, como puedo y cuando puedo. Muchas veces a pesar de mí misma. No sé cuántos cuentos he empezado ya sin saber de qué iban a tratar o qué es lo que tenía que contarse allí. Una voz, un personaje, una frase que me interpela y a ver a dónde. ¡Vamos con todo! Me lo digo en plural porque me gusta sacudirme este tipo de responsabilidades. Ha pasado con los últimos textos, la sensación de que no hay nadie al volante. Existe una idea que amaso durante días, porque estoy tardando mucho en encontrar el momento de sentarme a poner el huevo (yo también tengo huevos alojados dentro de mi organismo) o porque tengo que hacer una tortilla de patata para cenar (¡casualidades de la vida!), o bien, y esto es lo que suele ocurrir, porque estoy mentalmente agotada. Cuando por fin me pongo, el proceso previo ha sido tan largo, ya he escrito tanto en mi cabeza, que parto de un gran volumen al que no sé por dónde empezar a meter mano. Son cuentos escritos a martillazos o esquirlas de un bloque pesado que limo a ratos como quien rasca el cemento entre dos baldosas, va desalojando esa materia inerte y se pregunta quién vive al otro lado. Otras veces se parece más a hurgar con un palillo entre los dientes sin lograr decidir si duele o todo lo contrario.

Lo cierto es que no soy escritora, a pesar de que escribo siempre que soy capaz de encontrar el espacio, y nunca podría hablar en los términos en los que lo hacen mujeres como las del programa de radio, para quienes esta ocupación es una de las principales en sus días o acaso la que les da sustento o, en su defecto, con la que se sienten identificadas. Yo soy muchas cosas y a veces pienso que ninguna del todo. Soy una madre, una compañera, una hija, una profesora, una vecina que escribe. Lo cual en ocasiones puede llegar a ser extenuante, pero en otras, un verdadero alivio para mi corazón.

Y ahora repite conmigo, suelo decirme adoptando el papel de narradora y personaje mientras repaso las juntas del piso de la terraza: si no escribo no tengo de lo que arrepentirme. Si no hay cuento fallido no hay afán de enmienda. Si no lo pongo en palabras no existe y si no existe no puedo saber qué sentido tiene.

10 Comentarios

    1. Entré anoche a subir un texto muy breve que escribí los últimos días y vi este otro del verano pasado que todavía no había publicado. ¡Qué desastre! Sin embargo, he decidido compartirlo porque me sigo reconociendo en él. ¡La inseguridad no tiene cura! O este sentimiento crónico de estar remando hacia ningún lado. Un abrazo

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  1. Susana, sabes que soy tu fiel seguidora, casi no leo nada que no pase por tu recomendación…para mi es ir a lo seguro…a la calidad, me aciertas siempre. Y amiga, este texto tuyo me ha llegado al alma, te admiro, que difícil ponerte a escribir a ratitos, robando minutos de donde ya no te queda tiempo pero progresando linea a línea….

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