Ficción

[Julio de 2013. De cuando adopté un programa de escritura como tratamiento para mis males de espíritu: Todos los días, sin remisión. Como lavarme los dientes o como el café de la mañana. O como respirar, más bien. Ineludible]

Me pasa con la ficción, no tanto cuando leo como cuando escribo, lo mismo que con los viajes turísticos. ¿Puede considerarse el turismo una forma de viajar? Intuyo que son dos conceptos incompatibles de la misma manera que me cuesta pensar que inventar mundos me pueda ayudar con mi proceso sanador y su primer e ineludible paso: explorar mi mundo interior. Percibo la ficción en este momento más como una huida o evasión, un intento vano por mantener distraída mi mente amaestrada y dócil. (Acomodada, burguesa. Qué mal suenan estas palabras… ¡Y cuánto peor aplicadas a una misma!). Lo cierto es que escribir ficción, que siempre ha sido una de mis metas, de alguna manera implica que lo que escribo va a ser leído por otras personas, ¿qué otro sentido puede tener abordar una escritura de esta naturaleza? Y un texto que va a ser leído, que busca un determinado efecto, por ejemplo, que ha de gustar a quien lo lea (no a todos, claro está, pero sí a un cierto público), por lo que de alguna manera persigue el éxito, ya presenta una cantidad de requerimientos que experimento como limitaciones. Habrá que revisar lo escrito, investigar algunos aspectos para no cometer errores o caer en la simpleza, dedicar tiempo a pulir la pieza, a trabajar el lenguaje. Y no es en esto en lo que estoy ahora. Vengo de muy lejos, o de muy abajo debería decir tal vez. Me siento como mirando el cielo desde lo más profundo del pozo. Mirando el vacío desde el vacío, como dice Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. No estoy para divertimentos […]

En estas parrafadas a modo de reflexión personal (o algo así) lo que hago es dar rienda suelta a mis pensamientos y en vez de limitarme a rumiarlos los transcribo, que de alguna manera es como traducirlos o transformarlos. Una preocupación o un anhelo se pueden convertir en un párrafo, en varias páginas o incluso en un capítulo con entidad propia. Hay pensamientos que circulan a través de varias páginas y conforman lo que podría constituir una suerte de ensayo íntimo. Hay otras ideas que se ramifican en forma de árboles. Y extremos que se tocan dando lugar a círculos. Hay también reflexiones que se condensan en una frase a modo de proverbio y otras que adquieren la apariencia de un poema, tal vez, porque hablan de una cosa para referirse a otra o porque ese día me brota un pensar hondo y sonoro. Como siempre tengo asuntos que rondan mi cabeza la materia prima con la cual desarrollar la práctica escribidora está asegurada (nulla dies, sine linea). De modo que en este sentido la escritura hace la misma función que la cinta sobre la que corro en el gimnasio. Entro en calor y me activo. No necesito los frutos. Todo cuanto necesito es ser escribiendo. Cuando fantaseo lo hago guiada únicamente por mi motivación interna, sin tomar en cuenta nada ajeno a ella. Como por ejemplo que lo que escribo no sea suficientemente bueno como para darlo a leer, o como que las cosas que a mí me preocupan no interesen a nadie. La única diferencia entre esto y la creación literaria propiamente dicha es que no voy a plantearme ningún objetivo con referencia a la forma del escrito o el resultado. Sin que sea lo que me traigo entre manos un cuento, un poema, una novela o un ensayo.

Pertenezco a un limbo que gravita entre el territorio de los ganadores y el de los perdedores. Esa clase moderadamente asentada que permite que las otras dos existan. Y todo lo que hago en mi vida transcurre según las reglas del juego. No hay nada que exceda los límites de la corrección y la legalidad. Yo ahora lo que busco es jugar a otra cosa distinta, abandonar la pauta sin un plan o un proyecto predeterminado. Sin reglas, porque además no voy a jugar con nadie, de modo que las normas se hacen totalmente innecesarias. Voy a jugarme. ¡Y a ver qué pasa! Y sin objetivos, nadie espera nada de mí, porque nadie sabe que mi escritura existe desde el momento en que existe sólo para mí. Me acuerdo ahora de aquella película: Descubriendo a Forrester. Hay un momento en el que Sean Connery, que interpreta el papel de un escritor que lo fue de éxito y vive escondido en una especie de autosecuestro que le mantiene al margen de una sociedad ruin y desconfiable, le dice a su discípulo: no importa lo que escribas, pero hazlo, no dejes de hacerlo, aporrea las teclas y lo que tenga que ser escrito acabará saliendo. Es decir, que si sientes el impulso de escribir o de dibujar o de cantar, ¿qué puedes hacer sino ponerte a ello? Me siento bien actuando desde esta convicción. El propio hecho de escribir alimenta mi esperanza. Y mi esperanza desemboca inevitablemente en el impulso de escribir. Siento la escritura como práctica curativa y reveladora. Todo esto no sería capaz de concedérmelo si escribir cayera en el saco del deber […]

La educación que he recibido está en gran medida orientada hacia la represión. Primero están las obligaciones, los deberes, casi siempre tan lejos de nuestros auténticos intereses y pasiones. Luego, si queda tiempo, que a veces queda, nos permitimos los placeres, los quereres, considerados como caprichos o incluso premios. Cualquiera que recorra el camino inverso es tachado de indolente o perezoso. ¿Cómo sería si actuáramos al revés, si le diéramos prioridad absoluta a todo aquello que brota con pasión de nuestros corazones? Si fuera así tal vez no hubiéramos necesitado inventar un ocio tan absurdo como el que se estila en nuestra sociedad. Un divertirse frenético y desbocado en el que las masas se desquitan de la carga provocada por tanta renuncia y abnegación diaria. Compulsiones, adicciones, deportes extremos, parques temáticos, turismo. Consumo desaforado y sinsentido. ¿No son todo ello una forma de venganza por el hecho de estar viviendo vidas que no nos colman, que dejan nuestras auténticas pasiones, ilusiones y deseos al margen? […] Experimento con placer que mi práctica me transforma y eso que apenas estoy comenzando, por lo que de momento no he pasado de una serie de modestas reflexiones personales… Pero ahora soy alguien que escribe, que prolonga su existencia más allá del menú diario, de la intendencia hogareña, del quehacer cotidiano. Escribo y es una finalidad en sí misma, pues no persigo objetivo alguno que no logre ya al dibujar cada una de estas letras en mi cuaderno.

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