Proceso

[Agosto de 2020. De cómo escribir cuentos me ayuda a ordenar ideas, buscar un método al alcance de mis posibilidades y explorar técnicas que me ayuden a evolucionar]

Me he propuesto escribir algo antes de que acabe este extraño verano. Lo que sea. Bueno, lo que sea no, un cuento. Desde hace unos años me he centrado en este género. En la elección hay algo de mentalidad práctica y también una predilección romántica, sentimental, sin demasiados argumentos racionales a favor. Por lo que respecta al primer motivo, un cuento, es decir una narración de una extensión discreta en la que la historia que se cuenta se abre y se cierra dentro de la propia unidad, me parece un proyecto más asequible que cualquier otro tipo de texto literario. No es por pereza o falta de motivación por lo que renuncio a trabajos de mayor envergadura, son mis condiciones vitales las que me dirigen hacia la concreción. El segundo motivo es inexplicable, o será que de momento no he necesitado construir alrededor de esta preferencia una argumentación convincente: me gusta escribir cuentos. Sin embargo, cuando el mecanismo se resiste escribo, simplemente escribo. En el cuaderno o en cualquier otro soporte del que disponga. Escribo para organizar mis pensamientos o para que surjan, porque el propio hecho de escribir es un generador de ideas.

Lo habitual es que cuando me siento a escribir haya varios asuntos en cola, a veces es un destello que apenas puedo verbalizar: la curiosa relación entre dos personas, ya sea de amor o de odio, la atracción inexplicable por una persona desconocida cuya forma de vida quisiera desentrañar. El mar. Un mar. Aquel mar… Ya empecé a darle vueltas al tema mientras ponía el lavavajillas o durante aquel largo paseo con mi incombustible hijo de tres años. De hecho, llevo así varios días, no porque me lo haya propuesto sino más bien porque suele transcurrir un tiempo hasta que logro dar con el momento en que me puedo poner a escribir. Si para entonces la historia sigue dando vueltas en mi cabeza cuando me siento tengo una buena cantidad de imágenes para plasmar. Algunas veces memorizo diálogos completos o escucho la voz de un personaje que cuenta lo que sucedió aquel día. No es cuestión de magia, es que esa voz estaba allí, en el mismo parque en el que construimos un castillo de arena o en la cafetería en la que entramos a merendar. Pero si poco a poco se ha ido apagando el chispazo inicial, como sucede cuando tardo demasiado tiempo en sentarme a tomar notas, acaba cayendo en el olvido. O no, porque en algunos casos he recuperado detalles de historias perdidas para cuentos nuevos: un personaje, una sensación, una palabra.

Lo que más me cuesta es encontrar el momento para sentarme a escribir. Este verano lo hice durante las siestas familiares o a costa de los paréntesis nocturnos con los que le robo unas horas al sueño para dárselas a la escritura. Aún hoy no he logrado quitarme de la cabeza que escribir es un lujo que me permito, un juego al que estoy enganchada y no pienso renunciar. Por eso a veces lo hago con la sensación de estar desatendiendo mis obligaciones. Como a tantas otras, me tortura la idea de no estar cumpliendo como madre, pareja, amiga o miembro de un grupo social más amplio que requiere unas horas de entrega que yo prefiero dedicar a otros asuntos. A escribir. Porque leer, que es mi otra gran pasión, es una actividad que está legalizada, aceptada socialmente, e incluso bien vista si lo haces a las horas adecuadas. Pero escribir, especialmente si no eres oficialmente una escritora, es una absoluta quimera, casi un vicio inconfesable.

Cuando llevo varios días fabulando y por fin se da la ocasión para ponerme a trabajar escribo con urgencia, me dejo ir si reflexionar en exceso. Sé que luego el texto sufrirá modificaciones así que no le doy importancia a cómo empezar. Se puede decir que no me da tiempo a ver la hoja en blanco: Aquel fue el verano más extraño de mi vida… En casa de la familia de Orlando nunca habían cocinado dulces… En cualquier caso es casi seguro que acabaré cambiando el comienzo del texto. La cuestión es arrancar y tratar de volcar la mayor cantidad de material posible, sin dejar que se pierda. Otras veces no tengo una idea muy clara con la que empezar, sino apenas destellos sutiles. En ese caso lo que hago es abrir varias vías de exploración: personajes, sinopsis, situación inicial… Voy trabajando en cada uno de estos aspectos. Si hay un personaje en concreto que ha sido el detonante de mi última visión, empiezo a escribir sobre él abundando en todo tipo de detalles: cómo se viste, qué cosas le gusta hacer, cómo es su familia, o su gato, qué tipo de música escucha. A veces busco canciones que me remiten al personaje y las escucho, no mientras escribo, que prefiero hacerlo en silencio, sino cuando arreglo un armario o voy por la calle.

A menudo debido a las exigencias laborales o a contingencias de la vida cotidiana, acabo por no plasmar historias que tienen buena pinta, que incluso han crecido considerablemente en mi imaginación, pero se marchitan por falta de un tiempo y un espacio para escribirlas. Ahí había cuento, pienso. Las fantasías tienen fecha de caducidad, no son imperecederas. A pesar de los incontables cuadernos, de las notas en el móvil, de los bosquejos desesperados junto a la lista de la compra, si no me pongo a escribir, las historias se pierden y dejan un rastro que pesa. Los cuentos malogrados van creando una capa invisible pero resistente de incertidumbre y desconsuelo: nunca voy a conseguirlo. ¿Y si renuncio sin más? No tengo motivos para pensar que todo este esfuerzo merezca la pena. No hay ninguna evidencia que me haga creer que estoy capacitada para escribir y que algún día podré decir que soy una escritora.

Los cuentos, como decía, son fruto de un trabajo invisible, que realizo en cualquier momento (es raro el día que no pienso en un personaje, en la resolución de un conflicto que tengo ya planteado o en una palabra que me convenza para sustituir a aquella otra), y de otro trabajo más concreto, que es la escritura propiamente dicha. A esto último puedo dedicarle un tiempo muy limitado. Muchas veces además trascurre en lapsos temporales aislados: hoy saco dos horas, la semana que viene dispondré de una mañana y hasta pasados varios días no conseguiré retomar el proceso. Así es como funciono. Es un método precario, casi improbable, diría yo. ¿Cómo puede salir de esto algo que realmente merezca la pena? ¿Habré escrito algún cuento que merezca la pena? Ni siquiera yo lo sé, pero tiendo a pensar que si no ha sucedido todavía, acabará sucediendo.

Cuando tengo una cantidad de material considerable empiezo a darle forma. Todavía no se puede hablar de cuento, hay una idea alrededor de la cual han ido creciendo escenas, situaciones, diálogos… Trato de construir una visión de conjunto, concreto la estructura: situación de partida, acontecimiento crucial, consecuencias. Borro mucho texto, desnudo la historia al máximo. Tengo especial cuidado en no ofrecer excesiva información al lector, dejar espacio para que él complete, construya. A veces me doy cuenta de que el texto no acaba de funcionar porque está escrito en tercera persona y en realidad pide ser contado por alguno de los personajes. Hago pruebas: ahora eres tú el narrador, ahora que sea ella. O busco una voz diferente porque la que utilicé en un inicio no me convence, quiero por ejemplo que suene brusco, cortante, pero no hasta el punto de ser hiriente. Este proceso me puede llevar bastante tiempo también. A veces varias semanas, aunque procuro que no se dilate en exceso. Pongo mucho empeño en fijar la historia, atrapar el cuento, que no se pierda.

Este invierno me pasó algo singular. Había escrito un cuento sobre una pareja cuya relación terminaba pero se veían obligados a convivir durante unos meses. Primero la escribí en forma de monólogo interior entrecruzado, es decir, como si el monólogo interior de ella se cruzara con el de él. Algo fallaba, los dos acababan resultando mezquinos, que no es que esté mal, pero no quería eso para mis personajes. Luego hice que fuera ella la que lo contara y traté de cambiar el tono. Probé unos cuantos párrafos, pero no daba con la voz que necesitaba, ni conseguía situarme en el punto de vista necesario para contar una historia que afectara por igual a los dos personajes, ya que ambos lo estaban pasando mal aunque cada uno se comportaba de manera diferente. Y es que ése era el tema del cuento, cómo las personas abrazamos las circunstancias que nos sobrevienen, cómo las encajamos y las digerimos. Así que, quise un narrador externo pero que estuviera suficientemente cerca de ambos como para someterlos a análisis pero con compasión, que fuera crítico desde el cariño. Porque era así como estaba mirando a esos dos pobres con los que tan identificada me sentía. Al final me di cuenta de que esa historia la tenía que contar, Simone, la perrita de color canela con la que vivía la pareja. Y resultó. Creo que este cuento, que estuve a punto de abandonar en una fase ya muy avanzada, es de los que más me gustan. No tuve que buscar una voz para Simone, la perra y yo éramos una. Así que me metí en el cuento tratando de ponerme en el lugar de ella y me encantó estar allí.

Es muy satisfactorio cuando consigo acabar un cuento. Sé que seguiré trabajando en él, que lo repasaré incansablemente modificando detalles, desbrozando, casi siempre quitando más que añadiendo. Pero trato de ponerme un límite también en este sentido, por eso llegó un momento en que decidí mostrar mis cuentos, para soltarlos y liberarlos de mi mano lijadora. Cuando lo leo varias veces en voz alta, si no me avergüenzo del resultado, entiendo que puedo darlo a leer. Casi siempre se lo ofrezco a las mismas personas. Cuento con un grupo relativamente amplio de lectores y decido de entre ellos a quién recurrir. Mi equipo de cata es el siguiente: Pablo, mi pareja, que es el mayor lector que jamás haya conocido; mi hermano David, que es con quien trabajo los cuentos ilustrados y en cuya una visión artística confío; Ana Collado, que ha ilustrado algunos de mis cuentos y a la que admiro como pintora; Eva, con la que estudié Filología y he compartido importantes parcelas de la vida; Medín, compañera del instituto en el que trabajo, profesora de inglés y gran lectora; Marisa, antigua compañera de trabajo, ya jubilada, con la que comparto paseos, largas conversaciones y lecturas. Quique, un amigo dibujante que escribe novelas de ciencia ficción y cómics. Sus comentarios, llenos de observaciones precisas, siempre son esclarecedores. Mi hija Martina, gran lectora y crítica implacable; mis padres, cuyas observaciones también son muy valiosas, aunque no siempre me siento cómoda ante sus juicios, tal vez por los muchos años de juicios de ida y vuelta que han precedido a este momento. Y, por supuesto, a las personas que se han prestado a ilustrar alguno de mis trabajos.

Una vez que llega la respuesta, si los comentarios son demasiado halagüeños tiendo a pensar que no han sido suficientemente rigurosos con su trabajo como lectores. Por contra me ha sucedido que si algún aspecto del cuento no ha gustado o ha producido reticencias he llegado a sentirme incomprendida. Por eso dejo pasar un tiempo y entonces, una vez procesados los comentarios, retomo la revisión del texto. Nunca reformo un cuento al calor de las observaciones iniciales. Vuelvo a leerlo un tiempo después para considerar si es oportuno realizar algún cambio. A veces pasan meses y otras años hasta que muestro mis trabajos en este blog y en la cuenta de Instagram que lleva el mismo nombre. Esto no es un cuento, pero también este tipo de escritos forman parte del proceso. Las ideas que se acumulan, el momento en que las plasmo, darle forma al conjunto, borrar esa línea, eliminar este párrafo, buscar la palabra precisa, cerrar el texto.

2 Comentarios

  1. Una alegría volver a leer algo tuyo tras el atípico estío, en este caso más bien una reflexión, creo. Se supone que todo relato, también los de ficción, tienen su origen en algo real,, o bien pueden contar directamente hechos reales. Sobre el problema del tiempo, se suele decir que la creación tiene un 10% de inspiración y un 90% de expiración, es decir, disciplina y constancia. Y eso, desde luego, no es fácil.
    Un saludo y buen retorno a las clases!!

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