Paréntesis

Lleva una semana con ese chándal, igual ni se ha cambiado los calzoncillos. No tiene buen aspecto, pero no se da cuenta porque prefiere ignorar los detalles. Así es como empieza todo lo malo, con detalles insignificantes que luego se hacen bola. Lo que más le fastidia a ella es que parece estar tan a gusto, como si esto no fuera con él. Y no se trata sólo de la ruptura: las separaciones hay muchas maneras de afrontarlas. La cuestión es qué pasará con todo lo demás: con la vida tal y como la conocíamos hasta ahora. Pero nada parece importarle a J que vive abandonado a una especie de adolescencia sobrevenida. Mientras, M consume sus días frente a una pantalla de luz que le absorbe el alma desde el abismo inescrutable de las clases a distancia. Ha instalado el colchón hinchable en el estudio y ha metido en cajas los libros, láminas, cedés, funkos y papeles de J. Son tus cosas, haz lo que quieras con ellas, compartiremos la cocina y la sala hasta que todo esto termine. El baño también,¡perono usesmi toalla! Desde entonces no han vuelto a dirigirse la palabra. Huele a calma tensa, a dolor sordo, a game over. También a agua de marzo, a comida casera y a primavera extraña.

Su socio le ha dejado en la estacada y eso que J se encargaba prácticamente de todo en la imprenta. Siempre fue así de cándido y, hasta cierto punto, es uno de sus encantos. Pero ahora que la situación está como está… ¿Quién da la cara? Dice que tiene unos ahorros y que con eso podrá aguantar un tiempo. Se lo contaba ayer a un colega por vídeo-llamada. Y que quiere aprovechar para desconectar, que gracias a este paréntesis podrá recuperar espacio para el dibujo. Está haciendo unas tiras cómicas que sube todos los días después de comer a Instagram. Cien por cien humor inglés. Cero beneficio. Pero está feliz. Se ha montado una zona de trabajo en la sala y pasa las tardes escuchando Radio 3 y dibujando. M cocina todos los días. El jueves hizo potaje de cuaresma con la Thermomix siguiendo un tutorial de @MrChef. Por la noche J y yo le dimos un tiento a escondidas. Frío, de la nevera, como más ricas saben las sobras. Está muy huraña. Y lo entiendo: la situación es incómoda. Pero lo que nos está pasando no se lo podía imaginar nadie. Hace apenas unas semanas disfrutábamos de un menú en el Emilio después del curro, todo un clásico. ¿Bajas tú a Simone y voy pidiendo yo? Está bien, para mí paella. Pero eso era antes, cuando en el telediario se hablaba de Greta Thumberg, del Neverending Brexit y de las Olimpiadas de Japón. Ahora todo son cifras y curvas, comparecencias presidenciales, medidas restrictivas y recuentos fatales. Huele a calles vacías y a incertidumbre. A distopía perfumada y a desinfectante. A distancia social y a sonrisa secuestrada.

M se levanta muy temprano y hace el saludo al sol en la terraza, aunque llevamos varias semanas sin verlo. Luego desayunamos en la mesa de fuera si no llueve, dice que es el mejor momento del día. Sobre las diez se empieza a oír movimiento en la habitación de J y un rato después ofrece su repertorio de gorjeos en el baño. Antes de que suceda voy a buscar la correa y le pido a M mi paseo. Como miembro neutro del grupo me siento en la obligación de evitar roces innecesarios. Es una cuestión genética, vengo de una estirpe con larga experiencia en la carrera diplomática. Varias generaciones de antepasados callejeros debieron lidiar con desencuentros caninos a diario. No estoy dotada para la caza, ni para la vigilancia doméstica, mi carácter sociable y exiguo tamaño no acompañan. Pero cuando se trata de resolver un conflicto no hay quien me ladre. Huele a café recién hecho y a pan tostado. A guante de nitrilo, a asfalto mojado y a mar de fondo.

Trabajar en línea es como montar una fiesta en casa y que los invitados se instalen para unos cuantos meses. Mientras M afronta su gesta laboral, J y yo nos damos un paseo por la playa. Ahora se está haciendo un selfie para subirlo a sus redes sociales, dice que el público agradece que le abras las puertas de tu casa. Ignoro el código de ese invento, pero aplaudo que J se esfuerce por mantenerse a flote, aunque eso pase por sacrificar en cierta medida su dignidad e incluso la mía. Se hace fotos hirviendo pasta como un gran cocinero o poniendo morritos frente al espejo del ascensor. Corren tiempos difíciles, tengo que estar a su lado. Luego iré donde M, a escuchar una de sus clases de literatura. Me gusta acurrucarme bajo el escritorio: Si os dais cuenta en este periodo su poesía se vuelve más oscura, más densa. Las imágenes, antes luminosas, impregnadas de un aire popular, son ahora herméticas, muy centradas en el deseo y la pasión comofuente de dolor. Escuchad este soneto La poesía no es lo mío, pero me gusta escuchar la voz de M y dejar que el olor de cada verso penetre en mi mente amodorrada. Huele a pasión y a amor oscuro, a cuerpos mojados y en fuga. También a intolerancia, a hierro caliente, a paloma, a mar y a muerte.

M no sale a las ocho porque le da vergüenza oír a J hablando con desconocidos y montando el espectáculo en la terraza. Le dice a la vecina de enfrente con su acento de Bristol: ¡Guapa, te estás poniendo cañón con la gimnasia! Y M no sabe dónde meterse: las ocho es la hora del trágametierra. La vecina me recuerda a un chiguagua: tiene las extremidades muy delgadas, pero el torso, el abdomen y hasta la papada conforman un bloque compacto y orondo. Tiene casi ochenta años, vive sola, así que no debe tener una vida nada fácil en estos momentos. A M le vendría bien relajarse un poco, está siendo demasiado estricta consigo misma y con los demás, temo por su digestión. La pobre vive en una auténtica montaña rusa. Unos días está a tope: cree que lleva las clases bastante bien y que no puede quejarse, con la que está cayendo. Y otros días es todo lo contrario:Otro e-mail con instrucciones del trabajo, a ver qué se les ha ocurridoesta vez. Tengo la espalda destrozada, sólo me apetece comer donetes yllorar. Hoy está modo remix deluxe y además le ha bajado la regla. Se pone a contar sílabas para no pensar en nada. Pero pasa justo lo contrario y pierde la cuenta. Huele a lágrimas hacia dentro, a mantita en el sofá y a, venga, un capítulo más y me acuesto.

Cuando J era pequeño su madre le contaba cuentos antes de ir a dormir. A veces le entraba el sueño y cabeceaba en mitad de la historia o integraba efectos especiales involuntarios en la trama. ¿No te duermes, honey? El niño le contestaba Es que quiero saber cómo termina el cuento. Entonces su madre confesaba que ni siquiera ella lo sabía, sin sospechar la decepción que producían sus palabras llenas de cruda realidad. Pero todos los cuentos tienen un final, protestaba J Mañana cuando nos despertemos inventaremos juntos uno, ahora duérmete. ¿Cómo quería que se durmiera si Little John estaba a punto de perder la vida en medio de una tormenta a bordo de una balsa precaria que había construido con sus propias manitas? ¡Socorro!, gritaba el joven grumete. Socooorrooooo… Susurraba la madre de J, alargando las vocales con la esperanza de ganar la partida al sueño en cualquier momento. El debate político me recuerda a los cuentos que le contaban a J de pequeño. Eran pésimos para irse a dormir, le producían una inquietud abrumadora y le convirtieron en un noctámbulo empedernido. Me decepciona que los humanos no sean capaces de llegar a acuerdos. Huele a irresponsabilidad y a cinismo, a falta de sentido de lo común, a bulo que apesta y incertidumbre.

Dos meses humanos son una eternidad perruna. A las siete de la tarde M se acomoda en la bicicleta estática y pone la playlist del día de la marmota. Mientras ajusta la resistencia y programa el cronómetro, una brizna de locura asoma en su mirada: Ready, steady, go! J cada día trasnocha más, come más tarde, hace la siesta más larga y tiende peligrosamente a la pizza congelada. No hay que ser psicóloga para darse cuenta de que se está currando una depresión en toda regla. Las greñas, la barba descuidada, la falta de rutina… El chándal. Por suerte está el dibujo. Cada dos días empieza una tira y la acaba. El humor es lo que le mantiene cuerdo, porque como él dice todos los putos días son iguales, la única diferencia es la historieta que tepuedas montar en la cabeza. Esta extraña forma de vida le lleva hacia lo profundo, que siempre estuvo en él a pesar de su apariencia festivalera. Hubo muchos días perfectos, no pienso olvidarlos, pero no tiene sentido quedarse a vivir en el pasado(en inglés suena mejor). Huele a melancolía, a despensa vacía, a unos pocos trapos sucios y a Canciones para el tiempo y la distancia.

Como Robinson Crusoe en la Isla Desesperanza J ha hecho una lista de pros y contras. Del lado negativo: sigue aquí encerrado, sin trabajo, con su ex, que le habla poco y lo mira regular; los ahorros tiemblan, la paga ya veremos cuándo y le han salido un montón de canas. Del lado positivo: dibuja más que nunca, apenas gasta dinero y cada día fuma menos (esto es importante porque el asunto de la hierba se le estaba yendo de las manos). Hace algún tiempo empezó a valorar la posibilidad de irse a vivir a una comunidad ecologista que hay en un pueblo de la provincia de Teruel. M dice que no duerme nada, pero algo debe de dormir para tener esos sueños tan absurdos que le cuenta a su hermana. La otra noche asesinó a un niño de la ESO. Sucedía de manera accidental y completamente involuntaria, pero toda su preocupación se centraba en la ocultación del cadáver: borrar cualquier posible huella del delito. Soy una perra adoptada de raza mixta. Cuando vine a esta casa M y J llevaban un par de meses viviendo juntos, yo tenía dos años y había sido severamente maltratada. Desde el primer instante supe que había encontrado mi lugar en el mundo. Hoy huele a soledad y a miedo. A autoestima destrozada y a necesidad de contacto. Sé muy bien reconocer estos olores.

A riesgo de parecer una perra egocéntrica, he de confesar que estoy empezando a plantearme algunos asuntos por lo que respecta a mi futuro. El día menos pensado M y J tendrán que mover ficha, tomar algunas decisiones importantes: quién se queda en este apartamento, quién se marcha y a dónde, el reparto de los bienes comunes y lo más importante: Simone, o sea, yo. ¿Qué va a pasar conmigo? Me imagino en una masía de Teruel rodeada de jóvenes cosmopolitas fabricando pan artesanal en un horno moruno. La huerta, la asamblea, ir a por leña. No suena tan mal. Pero, ¿y M, cómo podría vivir sin ella? ¿Vendría a verme de vez en cuando? ¿Me enviaría audios en verso? La otra opción es quedarme con ella. Buscarnos una casita frente al mar, una de esas que hay en la zona oeste del barrio. ¿Pero entonces J qué? ¿Podría pasar sin sus canciones, sin su desorden, sin su dulce caos? Y a todo esto cuándo, cuándo llegará el fin de este paréntesis interminable. Huele a ceniza y a duelo. A final de alguna cosa y a principio abocetado de lo que no tiene forma. A abismo, a brecha y a papel en blanco.

Cuento de Susana Heras para minimaLITERARIA. Ilustraciones de Laura Rico. Puedes acceder a la versión ilustrada por capítulos en minimaLITERARIA.

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